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El blog de Rosina Iglesias

Correctora literaria

Sin salida

por | Mar 18, 2019

 

 

Hoy es el día aciago. Hace tiempo que perdí la cuenta de los días, pero estoy segura de ello. Hoy vienen a por mí a las nueve en punto. Eso decía el escrito que recibí hace una semana, y esta gente siempre es puntual. Como un clavo. Se presentarán aquí a esa hora; ni un minuto antes ni un minuto después. Pero esta vez serán muchos y vendrán armados. Las caras ocultas con máscaras. Todos menos uno. Ese ya ha venido varias veces solo, sin ocultar su rostro, pero nunca he querido abrirle la puerta. La última vez, venía acompañado por dos hombres grandes como armarios. Los vi a través de la mirilla. Hoy vienen a por mí, para encerrarme de por vida y no se lo pienso consentir. Por muchos que sean, no conseguirán su propósito.

Ya ha amanecido. Miro hacia la persiana rota, que solo tapa la luz por la parte baja. Lleva así varios meses porque yo no puedo arreglarla. Veo que es un día soleado después de tres días de lluvia, pero tengo frío, así que me arrebujo más en las mantas.

No me queda mucho tiempo. Debería desperezarme y levantarme de este colchón mugriento y roto por muy difícil que me resulte. Quiero estar preparada para cuando lleguen.

Hago el primer amago de incorporarme y sufro punzadas en todas las articulaciones. Cada movimiento, por leve que sea, me transmite un suplicio extremo. Sabía que esto iba a pasar, porque no me estoy tomando las pastillas. Tengo que conseguir levantarme, a pesar de las molestias que ello conlleva, así que giro la cabeza hacia un lado y hacia el otro, y un latigazo me obliga a volver a mirar al frente. Aunque me lleve una hora conseguir levantarme de este colchón andrajoso, no me queda más remedio. No puedo permitir que me encuentren en este estado tan lamentable. Tengo mi dignidad.

Muevo despacio los dedos de las manos y de los pies. Algo tan sencillo se ha transformado en una penalidad. A continuación, le toca el turno a las muñecas y los tobillos. Los giro a la par mientras me muerdo el labio inferior para no gritar. Después, agarro el codo izquierdo con la mano derecha y lo aprieto contra el pecho. Lo suelto despacio y realizo el mismo movimiento con el otro brazo. Cada gesto me provoca trallazos desde la punta de los dedos hasta el hombro, pero me mejora la circulación de la sangre y me da energía para continuar. Sigo haciendo el mismo ejercicio durante unos minutos hasta que empieza a remitir el dolor.

Ahora les toca a las piernas. Primero doblo una acercándola al pecho y luego la otra. Las vuelvo a estirar y de nuevo doblo la derecha y a continuación la izquierda. Diez veces con cada pierna. Luego ruedo en el colchón a duras penas hacia la izquierda y chillo por culpa de otro calambre. Me apoyo con el brazo izquierdo en el suelo y me impulso con el derecho. Ya estoy sentada sobre el colchón. Algo tan sencillo se ha convertido en toda una hazaña para mí. En un tormento.

Me ayudo de una silla medio destartalada para ponerme en pie y me quedo mirando con pesar las paredes desnudas de la habitación, con las marcas de los muebles que ya no están. Solo permanece el armario empotrado, donde guardo mis exiguas pertenencias: la ropa, el calzado y los pocos recuerdos que he podido conservar.

tipos de pobreza

Todo está sucio, desde las paredes y el suelo hasta la ropa doblada del armario. Lo he intentado limpiar con agua fría, pero me he quedado sin detergente y no se nota la diferencia. Además, hace ya tiempo que sujetar una fregona con las manos se convirtió en un suplicio, por lo que he dejado de hacerlo.

Consigo estirar el cuerpo y me desplazo con lentitud hacia el baño a hacer mis necesidades y me digo un día más que también le haría falta una buena limpieza. Me da asco sentarme en el retrete, pero no me queda más remedio. Cuando acabo y tiro de la cadena, veo que no pasa nada. Me había olvidado de que no tiene agua. Me acerco al lavamanos y abro el grifo con la vana esperanza de que salga el agua. No cae ni una triste gota y oigo cómo entra aire en la tubería. Ya no me importa. Total es mi último día.

Una vez salgo del baño, me dirijo hacia la cocina. Cada paso me provoca espasmos en los dedos de los pies, pero consigo llegar apoyándome en la pared. Una vez allí, recojo de la alacena vacía el último cartón de leche y me desespero cuando se me cae de las manos. Estoy torpe y tengo todos los dedos retorcidos, por lo que el gesto de tener que agacharme para recogerlo del suelo me provoca pánico. Pero lo consigo. Ahora toca levantar la pestaña del «abre fácil», que también es una ardua tarea. A continuación, saco del cajón las tijeras oxidadas y, con un esfuerzo titánico, consigo abrirlas y cortar la esquina del envase.

Echo la leche en el único cazo que tengo y suplico que me llegue el gas de la bombona para calentarla. No pido nada más. Tengo suerte, hoy consigo encender la cerilla y el hornillo a la primera. El movimiento ayuda a mitigar los dolores lo justo para poder tomar caliente mi último desayuno. Vierto la leche del cazo en una taza descascarillada, la única que me queda, y desayuno de pie delante del fogón porque no tengo mesa ni silla donde sentarme.

No sé qué hora es, pero no debe de faltar mucho para que vengan, así que regreso al dormitorio para vestirme. Me pongo ropa de abrigo. Levantar el brazo izquierdo para ponerme el jersey de lana provoca que vea las estrellas, pero lo consigo.

Cuando paso al lado del baño, oigo que arranca el ascensor, que se había quedado en esta planta. Tengo los motores justo encima del baño y siempre oigo el desplazamiento de la maquinaria. Aún tardará un rato entre que baja y vuelve a subir y estoy completamente segura de que son ellos.

Me pongo en marcha a mi ritmo. He tomado una decisión difícil, pero no dudaré en llevarla a cabo hasta el final, así que me acerco a la sala de estar y abro la ventana con determinación, a pesar de las punzadas que ese gesto me provoca. No me queda mucho tiempo, así que voy decidida a por el banquito que guardo bajo la alacena de la cocina y lo coloco delante de la ventana. Como no es una tarea sencilla para mí, lo hago con lentitud, aguantando con entereza el dolor que sufro a cada paso.

De repente, suena el timbre de la entrada.

Me subo al banquito agarrándome del radiador, que está bajo la ventana y lleva varios años apagado. Cuando consigo subir la primera pierna al radiador, vuelve a sonar el timbre, con una pulsación larga. Sin paciencia.

Para poder subir la otra pierna al radiador, me sujeto del marco de la ventana. Me lleva varios intentos, pero lo consigo.

Ahora ya no llaman al timbre, sino que aporrean la puerta.

«No me queda otra salida», reflexiono mientras me ayudo con la mano a pasar la pierna derecha al otro lado del cristal. Tengo una pierna fuera de la ventana y la otra dentro, y estoy aferrada al marco con las dos manos inflamadas.

De repente, oigo cómo fuerzan la puerta de la entrada. Están a punto de entrar. No me queda tiempo.

Alguien grita:

—Señora, abra la puerta. Es su última oportunidad.

Paso con dificultad la pierna izquierda por encima de la parte fija de la cristalera. No me caben los pies en el alféizar, así que los tengo girados. Se me dislocan los tobillos. Siento pánico y no consigo abrir los dedos de las manos, que están agarrotados y aferrando el marco de la ventana. No quieren soltarlo. No quiero acabar así, pero ya no hay salida.

—Señora, por su bien, es mejor que abra voluntariamente. No queremos tener que repetirlo.

Oigo empujones en la puerta. Están intentando echarla abajo.

En ese instante, me viene a la mente la imagen recurrente de mi marido tirado en el suelo, con los ojos abiertos de par en par y sin respiración cuando abro la puerta del baño porque me parece que está tardando demasiado en salir y va a llegar tarde al trabajo. Esa imagen me persigue. Todos los días me viene a la mente, y hoy no iba a ser distinto.

Desde aquel día, he hecho lo posible por intentar sobrevivir. Cualquiera en mi situación se habría comportado del mismo modo. No me arrepiento de mis decisiones, hayan sido buenas o malas. Esos hombres son la consecuencia de una de las últimas que he tomado.

De espaldas a la calle, giro la cabeza, miro hacia abajo y siento vértigo. A pesar de llevar viviendo aquí varias décadas, no me he acostumbrado a la altura. Vuelvo a mirar de frente, hacia la puerta de entrada, y veo cómo varios hombres armados irrumpen en mi vivienda. Tengo miedo, jamás habría pensado que mi vida acabaría así. Inspiro hondo un par de veces, me relajo y abro las manos, que seguían atenazadas al marco de la ventana. Ya no hay marcha atrás. Me caigo, y me da la impresión de que lo hago en cámara lenta.

Pienso en mis padres, él murió en su tercer infarto hace muchos años y ella lo sobrevivió veinte más. Mi madre fue perdiendo la memoria progresivamente, de tal modo que casi ni nos dimos cuenta. Al final, ya no recordaba a sus hijas ni a su marido. Los echo tanto de menos.

Veo varias cabezas asomando por la ventana y unas manos intentan agarrarme, pero ya no estoy a su alcance. He conseguido huir.

De pequeña, e incluso no tan pequeña, mi mayor placer era saltar en los charcos. Disfrutaba saltando en ellos y ensuciándome, para desesperación de mi madre. Hacía mucho que no saltaba.

Después de incinerar a mi marido y empezar los trámites para cobrar la pensión de viudedad, me comunicaron que no tenía derecho a ella. Los trapicheos de las empresas para las que había trabajado provocaron que tuviese que seguir trabajando una vez cumplidos los sesenta y cinco. Habían estado cotizando por él menos horas de las que creíamos. Con setenta y dos, aún seguía yendo a trabajar por culpa de esos desgraciados. Cuando falleció, no había llegado a la cotización mínima para cobrar la pensión, a pesar de llevar toda su vida trabajando.

Siguen mirando por la ventana, como si pensasen que voy a regresar.

No necesité hacer muchas cuentas para descubrir que mi mísera pensión no llegaba para todos los gastos, por lo que tomé la decisión de vender el coche. Total no iba a poder pagar la gasolina ni el mantenimiento y solo lo usaba mi marido para ir a trabajar. Con el dinero que me dieron por él, que era bastante nuevo y estaba en perfecto estado, fui tirando durante unos años, estirándolo todo lo que podía.

Mi hermana se fue hace muchos años. No soportaba ver a mi madre con esas lagunas de memoria y se buscó la vida en otro país. No le he contado mis problemas económicos, seguro que ella tiene los suyos propios. «Hace mucho que no te escribo. Perdóname, hermana. Sé que debería haberme despedido, pero ¿qué iba a contarte?».

Cuando se acabó el dinero de la venta del coche, para poder subsistir, vendí, poco a poco, los cientos de libros que había ido acumulando a lo largo de los años y que llenaban todas las estanterías. Tenía, incluso, libros apilados encima de las hileras y otros por delante, en el pequeño espacio sobrante en cada balda. Incluso había libros formando columnas por todas las esquinas. La tienda de segunda mano no me daba mucho por cada uno, pero así he ido tirando unos años.

Se me amontonan los pensamientos. Recuerdo lo mucho que me gustaba ir al colegio. No he sido una alumna brillante, pero tampoco suspendía. Cuando acabé los estudios, trabajé de secretaria con aquellas viejas máquinas de escribir en las que las teclas se enganchaban cuando escribía demasiado deprisa. Pasé por muchas empresas, en todas con funciones administrativas y con sueldos excesivamente bajos. Por eso me quedó la pensión mínima.

Cuando se acabaron los libros de las estanterías, empecé a vender los electrodomésticos prescindibles: la cafetera, el microondas, la aspiradora, la televisión… Me dio pena vender la televisión, porque ya no tenía libros para distraerme.

Ya no debería faltar mucho para llegar al suelo. Veo mi ventana arriba, muy lejos. Al menos he conservado una vista perfecta…

Fui feliz con mi marido. No nos sobraba el dinero, pero nos daba para vivir. A ninguno de los dos nos apasionaban los niños, así que decidimos no tenerlos. No sé si fue una decisión correcta, pero ya es tarde para arrepentirse.

Luego vendí el sofá, la butaca y las estanterías ya vacías. No me dieron mucho por esos muebles viejos. Cuando vendí la lavadora, me alegré de no haber quitado el pilón, porque así podía seguir lavando la ropa, que cada vez estaba más vieja y ajada.

Lamenté, sobre todo, tener que vender la nevera, pero la pensión no subía y los precios se disparaban. Eso me obligó a tener que comprar la comida fresca cada día. De todos modos, la nevera estaba vacía últimamente y solo guardaba en ella los alimentos perecederos.

Pero lo peor fue cuando en la farmacia me dijeron que tenía que pagar los medicamentos. ¿De dónde iba a sacar el dinero? No me podía permitir pagar dos cajas al mes, que era lo que me recetaba mi reumatóloga. Decidí, al principio, tomar la mitad de la prescripción. Pero seguía sin poder permitírmelo, así que dejé de acudir a su consulta.

Veo muchas caras de vecinos mirándome desde el suelo. Esos mismos vecinos que me negaron su ayuda cuando se la pedí. En algún momento he debido rotar en el aire, sin darme cuenta.

Como ya no tenía ningún electrodoméstico, decidí dar de baja la luz. Me acostaba cuando oscurecía y me levantaba cuando amanecía, sin importar la hora que fuese. Pasaba el tiempo dando largos paseos. Me pasaba horas mirando a la gente en los parques, y comía una vez al día.

Me atormentaba la decisión de dejar de pagar el alquiler, pero ya no me quedaba nada después de vender la cama de matrimonio. Lo último fue dejar de pagar el agua, hace justo tres meses.

El suelo está cerca. Ya lo veo. Voy a caer en un charco. ¡Qué suerte!

 

 

 

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